Los hombres no perdonan. Las mujeres no olvidan.

Dicen que te publican si escribes mucho y piensas poco. Si piensas mucho y escribes mucho no te publicarán jamás. Yo estoy en la segunda categoría.

Llevo ya varios meses pensando en escribir una historia en forma de pequeña novela. El tema es que para ello me documento todo lo que puedo, no tanto para quedar de sabelotodo al narrar la historia, sino para comprender y explicar lo mejor posible las razones que impulsan a mis personajes a hacer las cosas que hacen. Es lo que tiene Internet, cualquier meapilas como yo se puede documentar y sentarse a escribir…

 Pues nada, que llevo ya una semana trabado en un hilo de razonamiento del cual no soy capaz de salir como creo que lo harían los personajes que yo mismo he creado. Creo que han cogido ya tanta vida propia que a veces me da la sensación de que se van a levantar del papel y me van a reprochar las cosas que les hago hacer…

Sin entrar en más detalles, para buscar salida a la encrucijada en las que les he colocado he hecho un pequeño resumen de las míticas relaciones amorosas de la historia del cine y la literatura. El tema es que en la mayoría de los casos ellas les perdonan a ellos lo que sea. Y ellos no perdonan casi nunca nada.

Fijaros en Drácula (del irlandés Bram Stoker, 1897). Se carga a millones de personas por los siglos de los siglos, mata a la familia de la mujer que quiere y va y se lo dice, y le confiesa que es un monstruo abominable. Y ella, pues nada, tan tarnquila. Se lo perdona y le dice: ”muérdeme y conviérteme en la clase de monstruo que tu eres que es lo que me gusta” (más o menos). Y esto pasa en muchos de los clásicos. Las mujeres perdonan y siguen enamoradas. Yo flipo. Pero cuando se da el caso contrario, la cosa cambia. Y bastante.

En Otelo (Sheakespeare, 1603), el noble general moro de Venecia, se casa con Desdémona, hija del senador veneciano Brabanzio. Y viene un listillo, un tal Yago (gallego fijo), y monta una película tremenda que acaba en tragedia. Yago, que quería ser protagonista todo el rato (no sabía medir los tiempos, -y si, esta frase huele a feedback 360º-), odia al moro y envidia el amor que Desdémona siente por él. Otelo, en una misión para arrasar a los turcos, no le hacia ni puto caso. O al menos no todo el caso que Yago querría. Sí, porque Yago realmente amaba a Otelo pero no se atrevía a salir del armario (esa es mi teoría).  Bueno, pues se cela -dejémoslo ahí- y se dedica a hacerle la vida imposible a su jefe. Otelo, manipulado por el propio Yago, se queda sin amigos y se carga a su mujer, Desdémona por un supuesto lío de cuernos que al final no era tal. Todo ello remata con el suicidio de Otelo.

La cuestión de fondo que planteo aquí es la siguiente, y siempre concibiendo esto como una generalización avalada por la historia de la literatura y el cine universal: ¿es capaz una mujer de perdonar de una forma que los hombres no somos capaces?

“Men forget but never forgive. Women forgive but never forget.”
Dicho inglés

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