Un buen líder en tiempos de crisis

Me llama poderosamente la atención la relevancia que adquiere el contexto en 431276 nuestra percepción del liderazgo. Después de los ataques terroristas del 11 de septiembre en Nueva York la percepción que tenían los neuyorkinos sobre el liderazgo de Rudolph Giuliani era sensacional. La opinión pública lo elogiaba de manera unánime: un gran líder, si señor, un tipo asertivo, firme, con determinación, con la habilidad de poder transmitir seguridad en tiempos de crisis y terror. Sin embargo, cuando el mismo Giuliani se postuló como candidato a la presidencia de los Estados Unidos la misma opinión pública que tanto había alabado su gestión cuando sucedieron los atentados del 11-S lo tildó de ser un líder de perfil bajo, vehemente, terco y muy dado a tomar decisiones de manera unilateral. En la historia reciente de España también vemos casos igualmente llamativos. Me viene a la cabeza la figura del ex-presidente del gobierno, Jose María Aznar. A mediados de la década de los noventa, en el ocaso del felipismo, y con una coyuntura económica negativa  (cada vez menos me atrevo a decir que similar a la actual porque la que nos viene encima es de aupa…), en la que la economía española se encontraba en una etapa de fuerte desaceleración del gasto privado, y que estaba llevando a caídas de dos dígitos en los principales indicadores del consumo a corto plazo como las matriculaciones de vehículos, la producción de cemento o las ventas del comercio minorista (pequeño comercio, súper e hipermercados)… , en la que los ingresos tributarios se estaban desinflando, afectados por los menores beneficios empresariales (impuesto de sociedades) y por la falta de confianza de los consumidore en que hubiese un repunte de la economía (afecta a la recaudación del IVA), en la que la seguridad social inició una escalada hacia el abismo y el entonces, al igual que hasta hace un mes, ministro de economía Pedro Solbes animó a los españoles a acogerse a planes de pensiones privados … Pues en aquella época, Aznar,  jefe de la oposición -por el que nadie daba un duro frente a la carismática figura de Felipe González-, fué capaz no sólo de ganar unas elecciones ante el descontento general reinante en la sociedad española, sino de remontar el vuelo de una economía en caída libre y cumplir con los criterios de Mastrique para hacer converger la antigua moneda nacional, la peseta, con el euro. En los primeros años de oposición Aznar tenía fama de antipático, de ser poco carismático, y el gobierno, del PSOE, se metía con él por el bigote (disque por simbolizar autoritarismo…), por su forma nasalidad pronunciada al hablar y por recurrir siempre a la machacona frase “!Váyase Sr. González!“… Con el devenir de los acontecimientos, la crisis del 93, la progresiva dificultad para entrar en la eurozona, la crispación social por el creciente desempleo, la recesión económica creciente, el escándalo de los GAL, y la falta de de credibilidad de un Felipe González apático y sin energía para seguir gobernando aquellos “defectos” de Aznar se volvieron “virtud”. La opinión pública española pasó de la mofa a la admiración en un periodo de cuatro años. En el 95 Aznar era un autoritario, en el 2000,  el presidente por mayoría absoluta. Su asertividad, la fuerza que transmitía a la hora de tomar decisiones, su vehemencia y su estilo político -atar a todo el mundo en corto- resultó en un liderazgo tan eficaz que además de recuperar la senda positiva de la economía, generar muchísimo empleo, cumplir con los criterios de convergencia de Maastriche, desgastar profundamente a ETA, y algún que otro logro más, fué capaz de convencer a todo un país para ser reelegido presidente del gobierno por mayoría absoluta. Tras su primera legislatura, ejemplar en muchos aspectos, y ya recuperada la economía, con muy poco paro y prosperidad por doquier, contaba con el apoyo de millones de españoles. En ese mismo instante, en el momento de su reelección, se produce un punto de inflexión en la hasta entonces gran biografía política de Aznar. El contexto en el año 200o era muy distinto al que él se encontró cuando entró a vivir en el palacio de la Moncloa. El líder que España necesitaba en ese momento, enfilando esa segunda legislatura, distaba mucho de aquél Aznar asertivo y autoritario en petit comité que había sido capaz de darle la vuelta a una situación tan adversa cómo la de la crisis de los noventa. En esa etapa de crecimiento, España ya no necesitaba que su presidente fuera omnipresente, no necesitaba ese liderazgo tan fuerte, no necesitaba tanta asertividad, ni que las decisiones se tomaran de forma tan unilateral. Todos estos rasgos del liderazgo de Aznar, además, se percibían de forma magnificada por la opinión pública española, en parte por el llamado síndrome de la Moncloa, y en parte porque el propio ego de Aznar se encontraba por las nubes. Todo ello tuvo su reflejo en aquella nefasta decisión de casar a su hija en el Monasterio de San Lorenzo del Escorial (con todo lo que ello implica: casar a una hija, en un edificio de históricamente vinculado a la realeza, con un elenco de invitados entre los estaban personajes tan detestables como el afamado -por supuesto corrupto- Francisco Correa o el siempre inoportuno Silvio Berlusconi). Aznar le dió rienda suelta a su lado más autoritario cuando lo más oportuno hubiera sido disimularlo más. Yo creo que no es cierto, como se comentaba en algunos círculos, que la mayoría absoluta había cambiado a Aznar. Lo que cambió fué el contexto. Y la percepción de esos rasgos por parte de la opinión pública también cambió. Lo que en momentos de crisis se valoraba como bueno, en momentos de bonanza ya no lo era tanto. Aznar siempre fué autoritario, su eslogan lo delata. Otra cosa es que en un contexto de crisis ese tipo de liderazgo pueda servir para salir del atolladero ya que ante la incertidumbre generalizada se necesitan líderes que transmitan convicción y generen cambio. Esta nefasta actitud refleja la inflexibilidad ante el cambio y la falta de talento en temas de marketing político del que tradicionalmente padece el PP, marketing, por otro lado, que el PSOE maneja con maestría. Aznar fué incapaz de hacer una lectura de aquel contexto, se dejó llevar por su lado más oscuro y, a pesar de sus grandes logros, su imagen ante la opinión pública española tras estar ya 6 años alejado de la Moncloa sigue siendo bastante mala. Y no sólo es consecuencia del “cerco sanitario” al que es sometido por parte de algunos medios de comunicación más próximos a la izquierda, sino que hay miembros de su propio partido y muchos afiliados al PP que no aprueban aquella actitud del ex-presidente. Pero todos, sin discusión, reconocen sus logros y méritos en aquella primera legislatura. Y aquél liderazgo hábil, con un gobierno en minoría, es algo que quizás echemos en falta hoy de nuestros actuales dirigentes políticos, ya sean del gobierno o de la oposición.

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